Apuntes de casa

 

Fotografía: Jesse Salto

Escrito por Macarena de Arrigunaga

“Maybe they waked and called it a dream”

e.e.cummings

 

La historia podría empezar contigo alumbrando la calle, con los sonidos que haces al dormir o con cualquier excusa que he usado para salir de casa. Podría empezar por el final o a la mitad, o podría agregar cosas que no pasaron y omitir ciertas partes. Lo único inaceptable sería permanecer en silencio que es sinónimo de nada o de secreto.

A veces no sé si me muevo sobre el mundo o este se mueve sobre mí.

Recuerdo que tenías plantas en la ventana, te levantabas temprano para regarlas y decías que todo lo vivo demandaba demasiado: “mejor sería vivir rodeado de objetos que pueden existir a pesar de mí”. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y seguía teniendo la impresión de que no había dos personas en el mundo que se comprendieran mejor. Nunca aprendimos a juzgar nuestros errores, estábamos tan cerca que olvidamos como mirarnos bien. Era suficiente con que el café supiera mejor por la mañana, los días pasaran más rápido y despertar ya no pareciera una amenaza. Eso era lo único que importaba. Nos pasábamos horas mirando los coches pasar con sus luces encendidas, como ríos de luz- me decías. Todo ese movimiento nos hacía sentirnos ligeros y yo pensaba en todas las veces que había atravesado un sitio muy deprisa, sin saber que más tarde iba a querer regresar y no iba a saber como hacerlo.

Hay días en los que no hago otra cosa que buscar lo que perdí por distracción y en eso se me olvida que estoy buscando algo y me pongo a hacer otra cosa. No es fácil vivir así, pero a veces pienso que de otro modo no sabría que más hacer. El tiempo libre me llena de preguntas. De vez en cuando siento hormigas trepando por mis piernas y salgo corriendo a cualquier sitio con agua para quitarme la sensación de encima. Cuando camino por la calle me gusta pensar que los demás son personajes y moldeo sus historias a mi manera. De lejos, las vidas de los otros parecen mucho más interesantes.

Ayer me encontré con una niña caminando de la mano de su madre y uno de los vecinos le gritó bromeando: “Ay señora ¿y qué va a hacer su niña con tanta belleza?”. Recuerdo un álbum familiar en el que hay algunas fotos de mi mamá agarrándome la mano de una manera similar, me gustaría saber si a ella también le tiraban piropos cuando la miraban en la calle, me gustaría saber si sonreía o se molestaba. Me gustaría saber como fue mi mamá de joven, pues a veces me da la impresión de que nació madura y sabia, sin cometer errores como hacemos la mayoría de nosotros para poder crecer. Nunca la he escuchado decir algún arrepentimiento, algo que podría haber hecho mejor. Supongo que también ella tiene su historia pero prefiere guardarse algunas partes. Es mejor así, aunque hay veces que me gustaría saber ¿qué hizo mi mamá con tanta belleza?

“Lo que se habla en casa no sale de ahí” decían mis papás cada vez que tratábamos un tema delicado. Era otra manera de asegurar que “mi secreto estaba a salvo con ellos”, que podía “decirles lo que sea”. Aún así, pocas veces he sentido la libertad de poder decir lo que sea. Cualquier ideología, pensamiento, impresión o sentimiento que se salga de los parámetros es inmediatamente anulado.

Un día, mi amiga Susana me confesó que se sentía muy preocupada porque acababa de cumplir 23 años y no sabia bailar, cocinar, hablar otro idioma o coger. Yo casi me quiebro en una carcajada, pero la note tan nerviosa que en vez de eso la abracé y le dije que me sentía igual que ella. Susana no hace mucho contacto visual y se muerde el labio cuando se queda sin palabras. Se la pasa diciendo que “así son las cosas” como si alguien más decidiera por ella y es tan sincera que a veces incomoda.

Las marcas que deja la almohada sobre la cara o unos pantalones muy apretados en la cintura. Es como si la piel quisiera quedarse con algo de todos los lugares en que estuvo, pero pocas veces lo logra. Yo tengo una cicatriz debajo de mi ceja derecha, una quemadura de cigarro en mi muñeca izquierda y una marca de nacimiento en el estómago. Eso es lo único que ha quedado registrado. También he tenido granos, se me han caído uñas y dientes, labios rotos, raspones… pero poco a poco todo eso se ha ido borrando.

Todos los días salgo de casa a la misma hora, me siento en el mismo café, pido lo mismo de comer y cuando hago algo diferente, siento como si hubiera olvidado algo y me dan ganas de empezar el día otra vez.

Llega un punto en que el agua fría y el agua caliente queman igual.

Inventario: calcetines huérfanos, cartas sin enviar, botellas de vino que ahora son floreros, mapas de ciudades que ya no existen, libros de estrellas muertas.

No es que las palabras no alcancen, es que no queda mucho que decir.

A veces sueño que desaparezco como un conejo en el sombrero.

No corras si alguien te persigue.

Cada vez más tragedias y menos espacio para narrarlas.

De ellos, solo sabemos que se fueron cortando las olas, solo sabemos que se perdieron en la profundidad.

De nosotros, solo sabemos que seguimos intentando entender la palabra “hogar”.

Y tú

¿a dónde vas cuándo te vas?

¿a quién le digo que estás lleno de semillas?

Tribus que cantan para no olvidar

¿dónde está mi tribu?

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